Archivo por meses: noviembre 2017

La delicada percepción – Parshat Vaietzé

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“Los ojos de Lea eran delicados” (Gen. 29:17). Así caracteriza la Torá, en la sección Vaietzé, a Leá, nuestra matriarca. El adjetivo “delicado” puede referirse a dos cosas (tanto en hebreo como en castellano): débiles, o bien refinados. Hay exégetas que explican que los ojos de Leá se habían debilitado por mucho llorar, pues pensaba que, como primogénita le correspondería casarse con Esav. Otros explican que sus ojos eran muy bellos, delicados y refinados.

En ambos casos, la palabra “delicado” nos hace pensar en un equilibrio que requiere de cuidados para no quebrarlo: para que no empeore, si es débil, o para que no se estropee, si es refinado.

Podemos preguntarnos, por otro lado, ¿por qué la Torá elige describir a Leá según sus ojos? La palabra “ojos”, en todos sus derivados, aparece en la Torá unas doscientas veces. En apenas casi diez casos se refiere al órgano mismo de la vista, al ojo físico. En las otras casi ciento noventa apariciones, la palabra “ojos” se refiere a “vista”, “apariencia” y también “opinión”, es decir a la percepción de la realidad. Por ejemplo “elevó sus ojos…” se refiere a vista, “mantuvo su aspecto” [lit. “se mantuvo en su ojo”] se refiere a la apariencia y “es bueno a sus ojos” o “halló gracia a los ojos…”, se refiere a la opinión.

Volviendo a Leá, quizás la Torá no nos habla de sus ojos físicos, sino de su manera de percibir el mundo, su manera de ver. Leá tenía una manera delicada, frágil, sensible de percibir la realidad.

“También amó a Rajel más que a Leá” (Gen. 29:30). Como el texto dice “también”, implica que agrega el amor a Rajel al amor que ya sentía por Leá. Radak (Rabi David Kimji, Narbona S. XII-XIII) explica: “esto nos dice que también amaba a Leá, aunque no la había elegido al principio para esposa, la amaba como un hombre ama a su mujer, si bien amaba más a Rajel” (comentario a Gen 29:30).

Iaakov la amaba, pero ella no lo percibía: el amor de Iaakov por su otra mujer, Rajel, hacía que Leá se percibiera a sí misma como odiada. “Vió el Señor que Leá era odiada” (Gen 29:31), y Radak explica “Iaakov no la odiaba, sino que la amaba. Pero como amaba más a Rajel, ella se dice odiada, es decir que en comparación con Rajel era odiada” (comentario a Gen 29:31)

Es como si dijera “si no me ama sólo a mí, si no me ama más a mí que a ella, la única explicación es porque soy odiada”. Y este sentimiento teñía toda su existencia. Dios le presentó las posibilidades de sentirse distinto, de fortalecer su autoestima, dando a luz, creando vida; pero Leá siguió todo el tiempo percibiéndose como “la odiada”. Sin la capacidad de sentir el amor de su marido, entró en una lucha existencial con su hermana, Rajel, y con su propia existencia. Cada hijo que tuvo era la marca de esa lucha: Reuvén “pues vio [raá] Dios mi sufrimiento”; Shimón, “pues oyó [shamá] Dios que soy la odiada”; Leví, “esta vez mi marido se me aunará [ielavé]. Sólo con el cuarto hijo logra calmarse un poco y proclama “esta vez agradeceré [odé] a Dios” y lo llamó Iehudá. Pero luego continúa con su competencia con Rajel, sin poder ver, apreciar, percibir, el amor existente en Iaakov.

A través de la vida de Leá, con su frágil percepción, la Torá nos propone que aprendamos a trascender nuestra propia frágil percepción, que veamos el mundo más allá de nuestras limitaciones, que las conclusiones sobre nosotros mismos no estén basadas en la competencia con el otro.

“Los ojos de Lea eran delicados”. ¿Los nuestros? De nosotros depende que sean débiles o bellos, de nosotros depende que nuestra percepción sea negativa o positiva.

Los Dolores de Abraham – Parshat Jaié Sará

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Cuando Dios le dice a Abraham que tome a su hijo Itzjak para sacrificarlo, la Torá introduce el tema diciendo que Dios sometió a Abraham a una prueba: “nisá et Avraham” = probó a Abraham (Gen. 22:1). Podríamos quizás traducir en lenguaje más moderno: desafió a Abraham.

La Torá define este mandato divino, entonces, como una prueba, un desafío. En virtud de ello, nuestros Sabios comprendieron que otros mandatos de Dios a Abraham son, de hecho, desafíos: “Por diez desafíos paso Abraham y de todos salió exitoso, lo que muestra cuán grande era el aprecio de Abraham por Dios” (Pirké Avot 5:3) ¿Cuáles son esos diez desafíos? No nos lo dicen, pero Maimónides, en su comentario a la Mishná, explica que todos están escritos en la Torá y brinda allí las fuentes (comentario a Pirké Avot 5:3).

Abraham, cual héroe, sale airoso de los desafíos pues ¡su amor por Dios le da fuerzas extremas! La profunda fe y absoluta confianza de Abraham en Dios nos hacen concebirlo, muchas veces, como un ser casi desprovisto de dolor y tristeza. Dios está con él, y él lo sabe: ¿hay lugar a la tristeza? ¿Por qué sentir dolor, si todo es por el Señor y para el Señor?

Sin embargo, una lectura más detallada de la Torá permite comprender que Abraham era un ser humano pleno, con todas las fortalezas y debilidades de cualquier persona. Su fe no le proporcionaba un escudo ni contra las adversidades, ni contra los altibajos del alma. Pero sí le proporcionaba herramientas espirituales para sobreponerse. Así como las cosas buenas nos producen un sentimiento agradable, las adversidades nos producen enojo, o tristeza, o dolor. Nadie está exento, ni nadie debe estar exento, pues se trata de la expresión del alma humana. Abraham nos enseña que aun teniendo un diálogo íntimo con Dios, el dolor se nos presenta. Todo se trata de no sucumbir a causa de él, sino de osar sentirlo en su intensidad y luego recuperarse.

Parshat Jaié Sará comienza relatando la muerte de Sara: “vino Abraham a lamentarse por Sara y llorarla” (Gen. 23:2). Siente el dolor de la pérdida; la muerte es separación definitiva aún para quien dialoga continuamente con Dios. Sin embargo, el anciano patriarca no sucumbe, se levanta de su dolor para arreglar todo lo necesario para el entierro y luego regresa a su dolor, sepultando a Sara. Y de allí vuelve a reponerse para preocuparse del futuro, el matrimonio de su hijo Itzjak y el bienestar de todos sus otros hijos.

Un interesante midrash en la colección Midrash Tanjuma (Parshat Ekev, art. 3), se hace eco del dolor de Abraham al enterrar a Sara y nos presenta un listado de momentos de sufrimiento de Abraham. ¡Hasta esos diez desafíos de los que se habla en otro lado, son aquí dolores de alma de Abraham! El texto nos presenta al patriarca no como un superhéroe, sino que como un ser humano como tú y yo que nos enseña, a través de su ejemplo de vida, a vérselas (él… y nosotros) con Dios, con la realidad que golpea, con los sentimientos y con la fe. No se trata de una muestra de dolores cual trofeo; el midrash viene a enseñarnos la importancia de no desentendernos del dolor cuando éste llega: sólo haciendo frente a este dolor podremos sobreponernos y sentirnos mejor más adelante. El dolor deja secuelas, pero si no lo enfrentamos no quedará como un resabio, sino que como un peso permanente.

Dice ese texto: “Quien siente el dolor en su comienzo, logrará el sosiego al final. Y no hay quien haya sentido el dolor en su comienzo más que Abraham: fue arrojado a un horno encendido, debió abandonar el hogar paterno, lo persiguieron 16 reyes, pasó por diez desafíos, enterró a Sara; pero finalmente obtuvo sosiego, como está escrito: ‘Con el tiempo Abraham envejeció y Dios lo hubo bendecido en todo’ (Gen. 24:1) (Midrash Tanjuma, Ekev, art. 3)

Más allá del arcoíris – Parshat Va-ierá

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Una tragedia que cambia totalmente la vida no es algo común, gracias a Dios. Sin embargo puede suceder, Dios nos libre.

Antes de que la calamidad golpee, se puede tratar de cambiar algo para evitarla. Pero cuando el desastre se ha desencadenado nada podrá cambiarlo ya: “Rav Iosef dice: una vez que se le ha otorgado la anuencia al ángel de la destrucción, éste ya no distingue entre justo y malvado” (TB Baba Kama 60a).

Pese a ello muchas veces vemos cuán difícil es para alguien abandonar el lugar en donde se desarrolla la tragedia, quizás porque pretende aún cambiar lo inmodificable, quizás porque espera que sus virtudes generen un milagro, quizás lamenta la pérdida de su inversión material o espiritual. Aún cuando todo ya ha terminado hay quienes quedan fijados en el lugar psicológico del desastre y se torturan en pensamientos: “¿quizás es algo que he hecho?, ¿quizás podría haber hecho algo diferente?, ¿quizás me lo merezco por confiar demasiado en mi futuro?”. Quienes rodean a la persona, de lejos o de cerca, también buscan un motivo, a veces para consolar y otras, para acusar: “Es lo que eligió y por eso le ha sucedido esto”, “es la voluntad de Dios”, “Dios sabe por qué te lo ha hecho”, “ella siempre tenía el futuro en sus manos y… ¡epa!”

Severo auto-juicio, severo juicio a los otros; remordimiento y acusación.

Job nos enseña, sin embargo, que Dios no gobierna Su mundo según una fórmula fija e inexorable. Hay cosas que pasan sin explicación, no siempre hay un motivo claro, no siempre hay relación entre la persona y lo que le sucede más allá de su propio poder y deseo.

Lot y Sodoma también nos enseñan que ese tipo de acusación no es ni eficaz, ni correcta, ni justa.

Sodoma, Gomorra, Admá y Zeboim fueron destruidas por un cataclismo que Dios produjo pues los habitantes eran extremadamente corruptos, malvados y crueles. Un cuento simple: maldad absoluta y probada trae el castigo divino.

Y entonces encontramos a Lot. ¿Era malvado? No, ya que se preocupa del extranjero necesitado de techo. ¿Era justo? No, pues no duda en ofrecer a sus hijas como presa a la lujuria salvaje de los hombres de Sodoma. Lot tiene un lado bueno y uno malvado. Sin duda ha crecido en un buen hogar, junto a Abraham, y fue influido por una educación de altos valores. Pero también fue influido por el entorno malvado en el que vivía.

Sobrevivió, pero sufrió una tragedia. Ante esto, podemos tender a unir los puntos en busca de una justificación: sus hombres causaron un conflicto con Abraham, él eligió vivir en un lugar en el que “los habitantes eran muy malos y pecadores ante Dios”, ofreció sus hijas como presa sexual a los hombres de Sodoma, se demoró en huir aún cuando los ángeles ya habían anunciado la inminente destrucción. Quizás Lot también habría tenido pensamientos similares tras la tragedia.

Los ángeles le dicen: “¡Huye y ponte a salvo, no mires tras de ti [ajareja, en hebreo]… para no perecer!” (Gen. 19:17). Puedes sobrevivir la tragedia, pero no mires tras de ti para no quedar absorbido por la catástrofe. ¿Acaso mirar las ciudades en destrucción puede causar la muerte de Lot? El rabino Yaakov Lorberbaum nos señala que todo el mundo habrá seguramente visto la catástrofe, ¡mas nada les sucedió! (Najalat Yaakov sobre Gen. 19:17). No se trata de ver las ciudades, sino de no mirar “tras de ti”. El término hebreo para “tras de ti” es “ajareja”, que tiene un doble sentido: tras de ti (lo que tenías, lo que dejaste, lo que has hecho) y posteriormente a ti (lo que vendrá tras de ti, lo que dejarás tras de ti). Los ángeles le dicen a Lot: no trates de encontrar el motivo de la tragedia en algo que has hecho, tampoco te preguntes “¿por qué se ha destruido mi futuro si me he portado bien?”, tampoco te fíes de que tus buenas acciones puedan detener un desastre que ya se desencadenó. No te tortures con lo que ya ha pasado o lo que podría haber pasado. Hay una tragedia y no está conectada directamente a ti, aún cuando es a ti a quien golpea. Ahora sálvate y continúa construyendo tu vida.

¿Y la mujer de Lot? Ella miró tras de él… ¡no de ella! Trató de explicar lo que había pasado adjudicándoselo a Lot, “tras de él” hacia su pasado y hacia su futuro: ¿ha sido algo que él ha hecho?, ¿quizás no hizo lo suficiente?, ¿qué se ha hecho del gran futuro que nos esperaba por él?”

Ella hecha sal en la herida, preserva (como salando) la situación sin dar posibilidad a la continuidad, recubre el campo con sal para que nada crezca. Queda fijada en su propia sal hasta que ella misma se ve transformada en sal.

No busques el motivo ni hacia atrás ni hacia adelante, no juzgues cruelmente ni a ti ni a los demás. Mejora tu conducta, agradece a Dios por poder seguir adelante y ayuda a los demás a construir y progresar.